lunes, 11 de enero de 2010

La adolescencia, es la primera situación en la vida del individuo donde éste toma conciencia de los cambios que le están ocurriendo con la crisis consecuente. Se traduce por desorganización y reorganización del aparato psíquico, diferente en cada sexo; pero con iguales implicancias de enfrentamiento, por no comprender la crisis de identidad.

Por ser la adolescencia de por sí riesgosa como fase vital, encierra potencialmente, impulsos para el comportamiento antisocial. Además, la importancia en número y en problemática que han adquirido estas edades requiere um sistema médico-jurídico-social capaz de contener y orientar sanamente la agresividad fisiológica, mediante procesos de afirmación, crecimiento y defensa.

Es importante advertir que, tanto el adolescente delincuente o el minus válido, como el respetuoso de las normas vigentes, viven los cambios psico-físicos que generan una intensa carga de agresión. Esto ha permitido que se confundieran los signos típicos de la crisis adolescente con los que los conducen a comportamientos antisociales; llegándose erroneamente a definir este período como sinónimo de hostilidad y transgresión de normas o leyes penales, desdibujándose la otra imagen de dimensiones positivas y afortunadamente más frecuente.

También es útil recordar que el surgimiento de subculturas juveniles es la exteriorizacion del vacío dejado por la inseguridad colectiva y la incapacidad familiar de ser continente de esa crisis, además de ser objeto de inescrupulosos intereses económicos, políticos y comerciales.

El adolescente, tanto en sus conductas aceptadas, como en aquellas penadas, es entonces, un conflictuado aspirante a adulto, con la ambivalencia que genera el temor a ser mayor por un lado y la actitud también ambivalente de los adultos que contestan a través de estímulos y prohibiciones.

Los padres, al mismo tiempo, se sienten inseguros en sus roles, generándose mecanismos que obligan muchas veces a la rebelión y hostilidad del hijo (hacia afuera o hacia sí mismo).

l - Por lo tanto, la familia puede transformarse en el primer factor de marginación, cuando los adultos miran desconfiadamente la marginación fisiológica del adolescente, lo que genera conductas antisociales como reacción.

2 - También la propia sociedad surge como marginante:

- Por el proceso social, especialmente en los núcleos urbanos.
- Por falta de imágenes adultas con objetivos claros que transmitan seguridad y no agreguen nuevos conflictos.
- Por falta de programas educativos claros, operativos y con buenas remuneraciones, con la consecuente incontinencia/insatisfacción.
- Por la explotación laboral.

3 - Inclusive el Equipo de Salud puede actuar como factor de marginatión:

- Por su actitud al considerar la enfermedad y no al enfermo adolescente.
- Por sus métodos agresivos de diagnóstico.
- Por falta de apoyo.
- Por usar polimedicación, o al no dar explicaciones sobre lo indispensable del tratamiento.
- Porque espera la llegada del paciente enfermo o con daño psicosocial, en vez de buscarlos indicios precoces de desviación en la población supuestamente sana.

El adolescente crónicamente enfermo se margina porque al desconocimiento de su nueva identidad se le suma la ignorancia de formas de autocontrol. En estos casos es indispensable percibir la ansiedad que la enfermedad genera, por su pronóstico y la sensación de impotencia consiguiente.

A estos elementos iatrogénicos debe sumarse la sensación de poca o ninguna continencia por parte de la comunidad ante el fracaso generado por la invalidez o la muerte.

Papel del Equipo de Salud

Los miembros del Equipo de salud, que buscan una mayor comprensión de la problemática del adolescente en crisis, como parte de un mundo también en crisis de valores económicos e institucionales; deberán proponerse a realizar:

- Prevención Primordial (desde la infancia para favorecer óptimas condiciones de crecimiento, desarrollo e integración).
- Prevención Primaria: en la pubertad (a través de controles integrales de la salud biopsicosocial);
- Prevención Secundaria (en la detección de patologías originadas en la infancia y que se reactivan en la adolescencia, o las patologías propias de la edad; y finalmente las que, iniciadas en la adolescencia, se instauran en la edad adulta).

Por último, y como criterio básico ante cualquier adolescente marginado o no, los componentes del Equipo de Salud, para poder ayudarlo deberán:

1- Aprender a escucharlo con tolerancia y sin temor, habiendo vivido una adolescencia razonable para poder analizarla y evitar proyectar facetas no resueltas.

2- Obtener una formación académica en su área profesional, de manera que le permita actuar con real idoneidad y adecuada comprensión y continencia.

3- Realizar de manera indispensable, un buen diagnóstico del problema general (no sólo de la enfermedad que padezca el paciente) y así considerarlo integralmente.

4- Cuando el paciente está internado, evitar la confusión de roles, constituyendo como única imagen la de "un profesional de cabecera", pero contando con el apoyo del equipo interdisciplinario.

5- Ayudar al enfermo terminal a vivir de la mejor manera posible el tiempo que le resta. Favorecer en el deficiente físico los mecanismos sanos, sin estimular áreas que jamás podrán ser utilizadas.

El médico como coordinador deberá desenvolverse siempre con un criterio social, conciente de la indispensable Caraterística Interdisciplinaria del Equipo de Salud, para superar la problemática del adolescente especialmente si él es marginado.

Por otro lado, la totalidad de estos enfoques deberá ser realizada, no sólo en aquellos centros de alta complejidad, sino mediante aproximacióna los nucleamientos naturales (educativos, deportivos, religiosos, barriales), detectando siempre que sea posible a ese marginado.

Así un Centro Piloto y los Centros Periféricos de menor complejidad aseguran una mayor cobertura, por medio de los efectores de salud en la comunidad y la interacción con ésta, de acuerdo a las necesidades específicas de sus componentes.

Como conclusión: frente a menores que, en penosas condiciones, ejercen oficios lindantes con la mendicidad o el delito, no se puede responder con indiferencia ni con resignación, como si fueran fatalismos insuperables. Esta actitud es éticamente condenable y lleva en sí el germen del crecimiento incontrolable para la corrupción interior, en sectores cada vez más extendidos. La sociedad toda acabará pagando un duro precio por esa negligencia culpable.

Deberá, en cambio, tenderse a aquella conquista final, propuesta en la descripción ideal del joven como un "individuo diferente que sabe lo que quiere, con algunas ideas propias sobre su pareja y sobre las realizaciones personales, que no desea volcarse contra la sociedad para destruirla, ni sobre la familia para culparla".

Traducirá esto una postura constructiva con capacitación propia y en una plataforma para poder resolver su vida en la edad adulta, siempre dentro de la sociedad y en la época que le tocó vivir.

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